Bonheur. Carolina Magnin
Sala Prometeus. Centro Cultural Recoleta. Junio 2016.

Bonheur, la instalación de Magnin es en principio la ocasión de ver el despliegue impecable de las posibilidades que la técnica y sus artefactos ofrecen a la producción de un artista. Pero mucho más allá de esa novedad, la instalación y su sobriedad hacen posible el rescate del olvido de la imagen que el cineasta y documentalista Chris Marker definió como “la imagen de la felicidad”; la de los tres niños en 1965 en un camino de Islandia, con la que inaugura su film Sans Soleil (1982). Los veinte metros de papel fotográfico impresos sin cortes que se despliegan a lo largo de la sala, ya no imponen a quienes la miran la opción de Marker al incluir el fotograma entre dos espacios oscuros: “…si no ven la felicidad al menos verán el negro”.
La instalación reclama un ojo atento, un visionado calmo y dedicado que camine ese largo salón como los tres niños, pero para descubrir la vuelta de tuerca de Magnin: su trabajo ha sido el de extender en el espacio fotográfico y –por lo tanto- en el tiempo, el grano de la luz, habilitar opacidades y luminaridades que suprimen para siempre, al menos en la representación fotográfica, la opción binaria entre la Bonheur y lo negro. En el transcurso de la fotografía desplegada por Magnin, se materializa la impureza de la felicidad, su posibilidad de ser siempre un claroscuro entre lo visible y lo no visible, lo dicho y lo callado, la tranquilidad del paisaje y la inquietud interior. Magnin, como Marker podrían caber en esa bella definición deleuziana sobre los autores de imágenes, “(…) no pueden compararse solo con pintores, arquitectos, músicos, sino también con pensadores. Ellos piensan con imágenes-movimiento, con imágenes-tiempo, en lugar de conceptos”.
En la larga gradación-intervención de la imagen por parte de Magnin, hay dos aspectos importantes que señalar: el modo de interferencia, el lapso, el espacio, el grosor, es al modo de la partitura musical , una composición que siendo aquí silenciosa, produce la irrupción de la memoria en la unión del pasado y el presente. En este espacio de juntura se inscribe nuestro –el de Marker, el de Magnin, el de todo espectador- verdadero yo, ese instante del tiempo fuera del tiempo, donde, lejos de todo proyecto, nos vemos arrojados por un momento a la búsqueda de lo desconocido que siempre se nos escapa. Bonheur es la captura de un fragmento de “tiempo en estado puro”, ajeno a todo proyecto, desprovisto de toda utilidad; es la esencia de un momento que adopta la forma de un recuerdo.
La película de la que Magnin toma sólo algunos fotogramas, es un gran rompecabezas cuya cifra son precisamente esos tres niños, que dicen acerca de la felicidad un mensaje inacabado cuyo centro se desplaza como en los metros de fotografía de Magnin: desde el principio hasta el final, todo cambia, pero en Bonheur lo que cambia –ese tiempo, esa duración- no parece poder captarse sino indirectamente, o como diría Deleuze “en relación con las imágenes-movimiento que lo expresan”. Marker y Magnin son los del montaje virtuoso, el que recae sobre esa sola imagen para desprender de ella el todo, la idea: la imagen del tiempo.
Finalmente, delante de esta fotografía extendida, la pregunta que surge es: ¿un recuerdo es algo que se tiene o la estela de lo que hemos perdido? Quién sabe.

Daniela Gutierrez